DESPIERTA, QUE YA VIENE EL DÍA de Cristián Lagiglia

Ella camina descalza por un piso de cerámica blanca en el que no deja huellas. Imposible dejar huellas si casi levita, si casi es un suspiro su andar. Viene hacia mí y puedo ver en sus comisuras un arcoíris que se pierde en el horizonte de su sonrisa. Puedo notar que su boca está dibujada a mi antojo y tras sus labios esconde dientes que todavía no muerden, que todavía van tomando sus formas como algunas nubes de cualquier mañana.

Se detiene torpemente frente a mí y hace equilibrio sobre sus dos piecitos que acaban de descubrir la ligereza de su ser.

Me mira como solo ella puede mirar, con ojos así, tan puros, tan primitivos, tan sabios, tan de saber un secreto que me viene a develar en confidencia. Se para frente a mí y no dice nada porque todavía no se ha conferido a sí misma el poder de la palabra. O quizás porque yo no tengo el alma tan limpia como para entender su mudez.

Me inclino hasta su altura y en realidad siento que voy subiendo por las laderas eternas de mi imaginación y me quedo oscilando ahí, en mi locura consciente, hasta que una caricia, que me absuelve de todo, roza mi barba de dos días y me trae desde otro continente hasta su ser.
Nos quedamos petrificados, frente a frente, mirándonos a los ojos, sin pestañar y usamos la telepatía para confesarnos nuestro amor.

La llevo en brazos hasta una mesa vestida solo por un vaso de vino y lo corro para que no lo volquemos ni nos revolquemos en su mar bermellón.
Ella juega con la orla que ha dejado su líquido y dibuja soles escarlata y me los regala para que mañana sea mañana a la mañana y ríe.
Ríe como desaforada cuando beso su cuello de coral, ríe cuando mis morisquetas me hacen convertirme en un Popeye enjuagado en ácido. Ríe.

Y rodamos por el suelo y los besos son alfombras mágicas que nos cubren de lejanías y viajamos, rodando, por castillos de caramelo y presagios y cielos invertidos que se vienen abajo de beldad. Llueve marzo con furia contra la ventana y Spinetta se desgarra por los parlantes en Alma de diamante y ella me muestra todo su infinito irregular y me nombra pasajero en trance de nuestra locura.

La beso en el hoyuelo de su mentón, que presumo, es etéreo como el de su madre, y ella cierra los ojos y acepta mi ingenuidad como una doncella que despierta de su sueño eterno tras el beso de su príncipe azul.
La beso tenuemente, no quiero despegar mis labios de sus labios y ansío quedarme imantado a ella por lo que me reste de vida y un poco más y es ella la que se separa, toma mi cara con sus dos manitas y parpadeando dos veces, me muestra, en su iris, el universo entero.

Tomando una de mis manos entre las suyas modifica sus líneas y mi destino a su antojo.

Sabiéndome a salvo la dejo en el suelo y solo atino a decirle…”Francesca, serás mi hija cuando te vengas a la vida, cuando yo pueda mostrarte mi mundo sin vergüenza, cuando, por fin, me sienta hombre”…y ella me contesta…”ya sé, papá, ya nos vamos a encontrar. Ahora despierta, que ya viene el día”.

Y desperté sintiéndome un hombre que espera por ese día.

 

CRISTIÁN LAGIGLIA.-

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