LAS COSAS TIENEN MOVIMIENTO de Cristián Lagiglia

 

El lunes, al volver del trabajo con una pena inédita, entró en su casa y, automáticamente, levantó la vista para mirar la hora en el cuarzo del microondas. Tuvo que chequearla en su teléfono porque el microondas ya no estaba ahí, sobre la heladera, como lo había estado durante tanto tiempo. Era la tarde noche de una semana que empezaba torcida.

El martes, cuando ya los ojos se le cerraban de cansancio, decidió irse a dormir sin terminar el capítulo del libro que le habían regalado hacía unos días. Cuando llegó a su habitación notó, sin sorpresa, que la cama amplísima y cómoda en la que había dormido durante años ya no estaba ahí. En silencio, sin lamentarse, tratando de encontrarle el lado bueno a las cosas, pensó que ahora tenía una anchísima cama de seis plazas, más o menos, y acomodó como pudo un viejo almohadón debajo de su nuca y se tiró en el suelo con la vista clavada en el peregrinaje de una pequeña araña por el techo, hasta el bar de tela de unos de los rincones del cuarto.

El miércoles salió al mediodía del laburo y partió rápido hacia su casa con la firme intención de hacerse un omelette y ponerse, de una vez por todas, a escribir esa carta que no quería ponerse a escribir. Con todos los ingredientes apoyados en la mesada notó que la cocina flamante de seis hornallas ya no estaba ahí dónde él y el gasista la habían ubicado, no sin dificultad, hacía un par de meses atrás. Tragando saliva, tomó el teléfono y pidió al delivery que le trajeran una especial de jamón y morrones.

El jueves, cuando ya no pudo más, invitó a sus dos amigos a que fueran a su rescate emocional y los tentó con una ronda eterna de cervezas y rabas. Llegó a su casa para ponerse a ordenar algo del quilombo que había dejado en el living. Al entrar, ahí nomás, se dio cuenta que las sillas y la mesa habían hecho del living estrecho un magnífico loft desierto ante su desaparición. Les avisó a los amigos que había cambio de planes y que se juntaran en el bar de la esquina donde si habían sillas donde sentarse y mesas donde apoyar la desazón.

El viernes volvió a su casa sin ningún plan preestablecido. Destruido por la semana laboral y las cosas que se guardan y no se hablan, subiendo la escalera se acordó que había fútbol de viernes a la noche y el programa no le desagradó. Se empezó a reír a carcajadas en cuanto pasó el umbral de la puerta y pensó que jamás se le había ocurrido limpiar la pared donde antes, hasta un día antes, estaba colgado el televisor que una vez compró y que todavía estaba pagando.

El sábado, ni siquiera volvió a su casa.

El domingo, desanudando una resaca feroz, se paró en perspectiva, en el pasillo, y vio todo lo que había pasado y que al pasado se mudó. Caminó despacio hacia el balcón, prendió un cigarrillo que lo hizo toser, más que por el ahogo por la necesidad de expectorar pulsos de vida y ahí apoyado mirando las nubes pasar, pensó y sintió que el fin del amor y el principio del desamor no eran más que un éxodo lento, paulatino y constante de muebles y electrodomésticos.

CRISTIÁN LAGIGLIA.-

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